Heridas que cierran finalmente,
y una mañana como pocas abraza el cielo,
vendas de miedo caen con nudos
que se deshacen al tacto de la lucidez.
El aire, antes poluto en mentiras
se muestra ligero y complaciente,
rayos de luz atraviesan la bóveda celeste
y se derraman sobre nosotros
nunca tan cálidos, nunca tan dicientes.
Una promesa a mí...
dejar al rio correr,
y si su descontrolado cauce
la destrución trae,
que así halla de ser.
Pues en esta casa
todo lo que ha de perderse ya lo está.
La lluvia aún se nos niega,
y mirar al cielo
sólo lagrimas trae,
ya sólo puedes cavar
para buscar tu luz.
Y mientras apabullas
gritos de hambre y
cólera enclaustrada
qué tal si te dedicas
a buscar a tu dios muerto
que cómo a todos
fue necesario volver a crear.
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